Post Apocalipsis

Vaya, tengo visita, pues ya que has llegado hasta aquí lo menos que puedo hacer es presentarme, me llamo… bueno, en realidad tampoco importa cómo me llame, es suficiente con que sepas que soy tu tataranieta, una de las personas que viven en el planeta cuatro generaciones después de la tuya, así que puedes ponerme el nombre que creas oportuno.
Las cosas se han puesto feas, las zonas habitables del planeta se han reducido, no tenemos problemas migratorios ya que la población se ha visto reducida al 10% (1000 millones de habitantes), podrías pensar que así habrá recursos para todos, pero no, agua y aire contaminados, calentamiento global y a consecuencia de todo esto escasez de alimentos.
Vivimos gracias a pequeñas plantaciones, al trueque, en ocasiones a robar… Sí, carroñeros, ladrones, asesinos, violadores, integran ahora la mayor parte de nuestra sociedad. Obviamente hay que estar dispuesto a todo para defender lo nuestro, a todo. Obviamente ya no queda ningún tipo de servicio social. Obviamente estamos solos.
Las grandes ciudades están prácticamente desiertas, allí la gente está especialmente armada, es la única manera de blindarte contra los merodeadores. Existen ciudades paraíso, por supuesto, pero pertenecen al 7%, son auténticas fortalezas, allí  nadie es bienvenido, y sabemos que igualmente padecen las enfermedades y escasez, simplemente lo llevan con mayor comodidad.
Tu generación y la de tus descendientes hicisteis una elección, decidisteis olvidaros de reciclar y a nosotras nos tocó aprender a recuperar piezas de la basura para objetos necesarios para nuestro día a día, decidisteis despreocuparos de en qué condiciones medioambientales y laborales se fabricaban vuestros bienes de consumo, y a nosotras nos tocó aprender a medicarnos, a aprender a usar la mejor droga para cada enfermedad, y a asumir que la esperanza de vida apenas llega a los 40 años, decidisteis buscar la felicidad en objetos materiales en lugar de en vuestro interior y a nosotros nos tocó aprender a vivir con la pesadumbre que supone quitar una vida humana, y estar preparadas para abandonar a un ser querido en cualquier momento.
Nosotras vivimos a unos 100 km de la ciudad más próxima, en una antigua casa abandonada a la que le faltan un par de paredes de la fachada, una de esas casas de platos de arcopal, de fluorescentes y azulejos blancos en la cocina y de tapates de ganchillo, aunque de eso solo quedan migajas, y casi todas las instancias están invadidas por vegetación, no tenemos luz ni agua, y el alimento no sobra, tenemos la suerte de tener un par de contactos con los intercambiamos trabajo por comida, un pequeño huerto y un pozo a menos de 2km. Algunos días podemos permitirnos el lujo de comer con nuestros vecinos, cantamos algo, compartimos comida y bebemos, va bien que las niñas socialicen un poco pero estas relaciones nunca duran, es costumbre en nuestra sociedad, no sabemos cuando tu amigo se convertirá en tu enemigo, no es cuestión de traición si no de supervivencia.
Esta noche es una noche fría, me toca ser la primera en hacer guardia, la casa está rodeada de trampas y alarmas pero en estos tiempos, toda precaución es poca. Aprovecharé para presentarte a las pequeñas de la casa, esas dos que duermen acurrucadas y cubiertas por una manta en la cama son mi hija Ana y Luna, tienen 13 y 7 años respectivamente, a Luna la encontramos hace 2 años, perdida y aterrorizada, y cometimos el error de adoptarla, ahora es como de la familia, aunque no sé si ella piensa lo mismo de nosotros. He transmitido a Ana todos mis conocimientos, autodefensa, electrónica, primeros auxilios, medicina, caza, recolección… y Luna no se queda atrás, son en muchos aspectos prácticamente como adultas, podrán valerse por ellas mismas perfectamente cuando yo no esté. La verdad es que yo ya he llegado al límite de mi aguante, demasiada recuerdos dolorosos, he superado una enfermedad mortal de milagro pero no tengo fuerzas para lidiar con una segunda y evidentemente, si yo me quito de en medio, ellas tendrán más recursos. Tengo 33 años y tengo la sensación de haber vivido 70, las quiero con todo mi corazón y son la única motivación que tenía para seguir adelante, pero me puede la pesadumbre. Ana ya lo sabe, y en cierto modo me da su bendición, aunque preferiría tenerme a su lado. Fuera la luna brilla, llena, anaranjada, puede que con especial fuerza, el olor a bosque es intenso, y la hierba resulta un asiento especialmente mullido, es curioso la paz que inunda mi cuerpo ahora mismo, lo cálido que resulta el frio cañón del revólver en mi boca… ya sólo queda apretar el gatillo. Click.

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